jueves, 27 de noviembre de 2014

Quién me creo que soy

No suelo citar fragmentos de libros que no leí, de esos que solo llegué a hojear en la librería pero no pude llevarme a casa. 
Porque creo que citar un párrafo, o dos, o apenas una oración, es citar el libro entero. A lo que voy es que, el solo hecho de sentirse identificada con un pedazo de muchas letras y palabras que nadie más podría haberlas hecho encajar tan a la perfeccion, que alguna vez fue una hoja de cuaderno escrita y tachoneada a las apuradas por algún valiente, es en fin, citar el libro con toda su esencia, desde el prólogo hasta la fecha de impresión. Y el escritor en primer plano.

Aquí va uno de mis primeros delitos literarios:
Cómo me gustaría que el mundo volviera a ser cursi. Que la humanidad recuperara el sentido romántico de la vida y junto con él, la tradición de los noviazgos largos, las serenatas, las cartitas perfumadas, los apretones de manos entre las rejas de los balcones. Cómo me gustaría vivir en un mundo más discreto y decente, donde el amor fuera una necesidad del alma y no un capricho del culo. Pero qué le vamos a hacer: me tocó vivir una época insensible, deshumanizada, obscena, en la que nadie respeta ya los sentimientos del prójimo.
Fruta verde, de Enrique Serna

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