lunes, 10 de noviembre de 2014

El señor que agarra la pluma y lo demás sobra

Qué difícil es ser un fracasado. Qué difícil es cargar con tantas emociones y tantos sentimientos sin poder plasmarlos en progresión de acordes, de tonalidades o palabras. Qué triste es mirarse al espejo y despreciar a la persona que te devuelve la mirada, fría, rígida, peligrosamente afilada, pero cuidadosamente dispuesta en un marco de bordes pulidos. Qué frustrante es buscar la amistad en animales y niños que aún no saben hablar, porque se tiene la seguridad que no van a emitir un juicio que atente contra uno, sin importar cuan feo, miserable o pobre sea este uno. Qué bajo es mendigar afecto. Qué patético es saberse un monstruo de carne y hueso, creado por la sociedad-doctor Frankenstein, que como un cobarde deja a su vástago naufragar entre luces de neón y el hedor de las alcantarillas, cuando se da cuenta que ya no puede domar a la bestia que ha creado. No sólo lo deja naufragar, sino que se esfuerza por quitarle cualquier ramita de la que pueda servirse para mantenerse a flote, en la deriva un rato más...aunque tal vez sea ésta la muestra de amor última de un padre hacia el hijo que se desvió de su plan simétricamente estructurado, ahorrarle el sinsentido de nadar por nadar, de gastar las fuerzas en aferrarse a algo que /self-induced delusion/ ve como su salvación, después de todo, es inútil siquiera intentar. Yo soy ese monstruo de Frankenstein moderno, yo soy el hombre ridículo de Dostoyevsky, el Werther de Goethe, el foráneo que relató Lovecraft, siempre ajeno a este mundo: muy idealista, muy enfermo o simplemente muy feo para este mundo. Qué doloroso el ahogar gritos de ayuda, y qué muestra de debilidad el esconderlos detrás de lagunas de tinta. Qué irónico que una persona que tiene tan poco pueda experimentar tanto.


Autodescripción de un gran, gran amor platónico.

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