jueves, 27 de noviembre de 2014

Quién me creo que soy

No suelo citar fragmentos de libros que no leí, de esos que solo llegué a hojear en la librería pero no pude llevarme a casa. 
Porque creo que citar un párrafo, o dos, o apenas una oración, es citar el libro entero. A lo que voy es que, el solo hecho de sentirse identificada con un pedazo de muchas letras y palabras que nadie más podría haberlas hecho encajar tan a la perfeccion, que alguna vez fue una hoja de cuaderno escrita y tachoneada a las apuradas por algún valiente, es en fin, citar el libro con toda su esencia, desde el prólogo hasta la fecha de impresión. Y el escritor en primer plano.

Aquí va uno de mis primeros delitos literarios:
Cómo me gustaría que el mundo volviera a ser cursi. Que la humanidad recuperara el sentido romántico de la vida y junto con él, la tradición de los noviazgos largos, las serenatas, las cartitas perfumadas, los apretones de manos entre las rejas de los balcones. Cómo me gustaría vivir en un mundo más discreto y decente, donde el amor fuera una necesidad del alma y no un capricho del culo. Pero qué le vamos a hacer: me tocó vivir una época insensible, deshumanizada, obscena, en la que nadie respeta ya los sentimientos del prójimo.
Fruta verde, de Enrique Serna

lunes, 17 de noviembre de 2014

Me mintieron

La vida me enseñó (y me continúa enseñando) que de quien más aprendo hoy y siempre, es de mí misma. Qué cantidad de años pasaron desde que tengo uso de razón. A veces pienso que mi cerebro, más allá de estar encarcelado en una bola rígida (como eso que vaya a saber qué anatomista llamó cráneo), crece sin parar.
Me resulta muy complicado escribir cuando siento tantas cosas. Algunos creen que es más fácil, pero la verdad es que, tanto acumulado en mente (y por qué no, corazón, como para no perder el poco romanticismo que me caracteriza), hace que una simple ráfaga te vuele las ideas que tal vez ayer, en este mismo horario, tenías en la punta de la lengua, flotando en mente, en las yemas de los dedos, con la injusta coincidencia de estar muy lejos de un teclado de PC o de un lápiz y un papel. 
Lápiz, papel: libro. No podría hacer un resumen de un estado de ánimo sin hacer hincapié en un libro. Cuando se está alegre, cuando no se aguanta un pedazo de ausencia, cuando se siente solo, cuando resulta imposible concentrarse para llevar a cabo alguna tarea, cuando se comparte una misma pasión/obsesión, cuando se vive como uno quiere... la gente verdaderamente no entiende de la vida, si no aprendió a valorar un libro. 
A veces creo que tengo (no me gusta el verbo tener en este caso, tal vez sea algún verbo no creado todavía) sentimientos nunca experimentados por nadie. Porque si alguien llamó "amor", "odio", "felicidad", "tristeza" y demás, a cada sensación (qué interesante que siempre exista antagonismo, cual Yin and Yang), ¿qué impide que exista algo novedoso, que además no posea antónimo?
Lo cierto es que, si verdaderamente estoy siendo víctima de un sentimiento nuevo (no creo que se pueda ser víctima, es notorio cómo me contradigo en todo lo que escribo porque es notorio, además, que no termino por comprenderme), no tendría palabras para explicarlo. 
Gran parte de mis días (en este lugar que llaman planeta Tierra y que, afirman, está a casi 150 millones de kilómetros de algo a lo que llaman Sol), me siento un poco sola. Quizás necesite de alguien con quién compartir pensamientos, ideas y, por qué no, sentimientos. 
Si hoy me preguntaran: ¿sos realmente feliz? (pregunta que suelo hacerme muy seguidamente), respondería: de a ratos; cuando me sumerjo en algún libro sin percibir a nadie ni nada de esta realidad, soy el tope de lo que se puede ser feliz; cuando estoy con personas que quiero, soy también feliz; pero cuando encuentre alguien que verdaderamente sepa entender esto de sentir cosas nunca sentidas, tal vez esa felicidad (que no estaría exenta de mucho, pero mucho amor), supere a todo lo que me hacen sentir hoy los libros.
Nada más por hoy.

lunes, 10 de noviembre de 2014

El señor que agarra la pluma y lo demás sobra

Qué difícil es ser un fracasado. Qué difícil es cargar con tantas emociones y tantos sentimientos sin poder plasmarlos en progresión de acordes, de tonalidades o palabras. Qué triste es mirarse al espejo y despreciar a la persona que te devuelve la mirada, fría, rígida, peligrosamente afilada, pero cuidadosamente dispuesta en un marco de bordes pulidos. Qué frustrante es buscar la amistad en animales y niños que aún no saben hablar, porque se tiene la seguridad que no van a emitir un juicio que atente contra uno, sin importar cuan feo, miserable o pobre sea este uno. Qué bajo es mendigar afecto. Qué patético es saberse un monstruo de carne y hueso, creado por la sociedad-doctor Frankenstein, que como un cobarde deja a su vástago naufragar entre luces de neón y el hedor de las alcantarillas, cuando se da cuenta que ya no puede domar a la bestia que ha creado. No sólo lo deja naufragar, sino que se esfuerza por quitarle cualquier ramita de la que pueda servirse para mantenerse a flote, en la deriva un rato más...aunque tal vez sea ésta la muestra de amor última de un padre hacia el hijo que se desvió de su plan simétricamente estructurado, ahorrarle el sinsentido de nadar por nadar, de gastar las fuerzas en aferrarse a algo que /self-induced delusion/ ve como su salvación, después de todo, es inútil siquiera intentar. Yo soy ese monstruo de Frankenstein moderno, yo soy el hombre ridículo de Dostoyevsky, el Werther de Goethe, el foráneo que relató Lovecraft, siempre ajeno a este mundo: muy idealista, muy enfermo o simplemente muy feo para este mundo. Qué doloroso el ahogar gritos de ayuda, y qué muestra de debilidad el esconderlos detrás de lagunas de tinta. Qué irónico que una persona que tiene tan poco pueda experimentar tanto.


Autodescripción de un gran, gran amor platónico.