martes, 30 de junio de 2015

Caminos y amores

Fue un amor de esos que se dicen "a primera vista". Nunca lo he creído porque nunca lo había vivido. Hasta hace unas horas. Lo mismo que pienso me faltaría para ser parte de alguna religión. Aunque en realidad no somos parte, sino súbditos de una religión prepotente. Creer. Únicamente que eso sí es verdaderamente imposible. Fin.
Paso a contarles cómo fue qué me enamoré de este muchachito.
Fue sin darte cuenta, como suelo caminar, mientras iba hacia casa comiendo un chocolate que más tarde engordaría mi cuerpo pareciéndome a este señor. Él era gordo. Cuando pasé descuidadamente engulliendo sin ningún tipo de modales, creyendo que nadie me miraría jamás, fue que me fue imposible hacer la vista gorda (no tan gorda como el susodicho) porque sentí que algo me observaba. En realidad no sé si exactamente me observaba, o bien, me obligaba a observarlo. Algo como una fuerza. No una fuerza de atracción de esas que hacen que dos personas choquen, y generen algo mejor a lo que eran por separado. Porque no era de ninguna manera nuestro caso. Era una fuerza imposible de explicar: quizá una fuerza delicada, como siento cuando alguien enlaza sus brazos sobre mi cuerpo para abrazarme, aunque a eso no lo recuerdo mucho; tal vez una fuerza bruta como la que desliza las placas tectónicas, unas sobre otras, y sin embargo no la sentimos aquí en donde estamos hoy parados. Me quedaré con la segunda.
Entonces vi un gordito detrás de un vidrio manchado de reflejos de ciudad y rayos de sol. Lo juzgué de gordo antes de tiempo, porque no lograba ver muy bien. Pero era lindo y sabía que me gustaría más allá de lo que pudiera llegar a esconder en su oscura y temible alma.
Entré. Lo tomé con mis dos manos, era pesado.
Y, como una estúpida, llenos mis labios de un chocolatín barato, le dije: me gustas.
El problema de éstos amores a primera vista, es que te agarran siempre desprevenida. Y no porque justo no te hayas depilado, ni porque no compraste un forro. Sino porque estamos a fin de mes, y estar a fin de mes es sinónimo de estar con la plata justa.
Me enamoré a primera vista de una edición especial de los cuentos completos de Edgar Allan Poe. Traída tal vez en barco, o avión, pero no por ruta terrestre, a este país en que pocos leen y es por eso que estamos así.


Para los que preguntan cosas como: ¿Cómo hiciste para darte cuenta que tu boca iba manchada con chocolate? Sepan que, lamentablemente, el vidrio también reflejó mi cara fea, más aún superpuesta a la cara de Poe y la parca. Y mis comisuras negras. O marrones oscuras.
Y sepan, por último, que por ponerme a escribir idioteces como ésta, se me quemaron las últimas milanesas.
¡Qué difícil sobrevivir a fin de mes!

No hay comentarios.:

Publicar un comentario